Tregua de los Doce Años

Introducción

(1609-1621). También Tregua de Amberes. Acuerdo de suspensión de armas firmado en Amberes (Bélgica, 9-IV-1609) entre la monarquía hispánica y los Países Bajos del S., por una parte, y las Provincias Unidas por otra. Por ella se establecía una etapa de paz provisional entre los Habsburgo españoles y sus antiguos súbditos rebeldes del N. de los Países Bajos, tras más de cuarenta años de hostilidades. En los últimos meses del reinado de Felipe II (1556-1598), los Países Bajos españoles fueron desvinculados del resto de la monarquía y entregados como dote a la infanta Isabel Clara Eugenia, quien gobernaría en ellos en unión de su futuro esposo el archiduque Alberto. Las cláusulas de la dote estipulaban la reincorporación de estos dominios a la Corona en el caso de que el matrimonio no tuviera sucesión. Por acta del 6-V-1598, el nuevo estado era convertido, de hecho, en dependiente de España, condición que mantendría hasta su reincorporación a la monarquía en 1621. En los primeros años del gobierno de los archiduques en los Países Bajos, y de Felipe III en España (1598-1621), se continuó la guerra contra las Provincias Unidas, aprovechando la situación de relajación militar que se desprendía del ajustamiento de tratados efectuados con los otros dos enemigos tradicionales de los Habsburgo: Francia (Paz de Vervins, 1598)e Inglaterra (Paz de Londres, 1604). La derrota de las Dunas (1600) y las pérdidas de Grave (1602) y la Esclusa (1604) demostraron la capacidad ofensiva de los holandeses acaudillados por Mauricio de Nassau, pero encontraron su compensación en el genio militar de Ambrosio de Spínola, mediante la toma de Ostende (1604) y las operaciones de Overijssel (Países Bajos), deslucidas por los motines y problemas financieros del ejército hispánico. La situación de impassemilitar y los problemas de la monarquía aconsejaron el ajustamiento de una tregua, la cual fue firmada el 18-IV-1607 por espacio de ocho meses, siendo posteriormente prorrogada hasta el 15-II-1609. La negativa de las Provincias Unidas a aceptar nuevas treguas provisionales obligaron a la diplomacia española a elegir entre una tregua de largo alcance, que significaba, de hecho, el reconocimiento de Holanda como interlocutor internacional o la reanudación de una guerra costosa e inefectiva. La Tregua de los Doce Años, o Tregua de Amberes, fue firmada en dicha ciudad el 9-IV-1609 gracias a la mediación de Francia e Inglaterra. En sus treinta y ocho artículos las Provincias Unidas lograron pactar, en calidad de estado libre, sin hacer concesiones en materia religiosa y obteniendo excelentes condiciones en materia económica, con libertad de comercio en los dominios europeos de los Habsburgo y en las Indias Orientales. Felipe III y los archiduques impusieron el t?tulo de tregua y no de paz al tratado, con lo que se daba un carácter de provisionalidad a los logros holandeses, esperando que los doce años de paz fueran suficientes para regenerar el aparato financiero y militar de la monarquía con vistas a una posterior reanudación de la guerra. Internacionalmente, el tratado fue considerado como una humillación para España, que tras más de cuarenta años de guerra no había logrado doblegar a sus antiguos s?bditos rebeldes. De hecho, de acuerdo con lo estipulado, éstos conservaban las provincias, plazas y ciudades que poseían. Los doce años de tregua supusieron para las Provincias Unidas una etapa de extraordinario desarrollo económico, así como la confirmación en un papel político internacional de primer orden. Las cláusulas tercera y cuarta de la Tregua reconocían a las Provincias Unidas derechos de comercio con los territorios europeos de la monarquía hispánica y con las Indias Orientales. Holanda se convirtió en el intermediario comercial entre el Mar del Norte y el Mediterráneo, mediante el control del comercio del grano báltico, repuestos navales y metales del N., fundamentales para la economía española. De este modo, la plata española fue un elemento fundamental en la capitalización de la economía holandesa. Las Provincias Unidas intensificaron también su protagonismo en los circuitos comerciales coloniales. La Compañía de las Indias Orientales, fundada en 1602, impulsó la expansión holandesa hacia Oriente, a expensas de los intereses portugueses. El control de Amboine (Indonesia, 1605), las incursiones en Malaca (Malaysia, 1606 y 1615) y la fundación de Batavia (Malaysia, 1619), pusieron en jaque al imperio luso, el gran perjudicado dentro de la monarquía hispánica por la Tregua. En los dominios americanos la presencia holandesa se redujo a la participación en el comercio del azúcar, y a las expediciones navales de Van Spilbergen (1615) y Jakob Le Maine (1616), que buscaban rutas transoceánicas hacia Asia. En los últimos años de la Tregua se evidenció la voluntad intervencionista de los holandeses en el comercio americano, que culminó en la fundación de la Compañía de las Indias Occidentales el 3-VI-1621, proyectada desde años antes por los sectores calvinistas más belicistas. Dentro de los dominios hispánicos, el periodo de tregua repercutió de modo diferente en unos y otros estados. Los Países Bajos del S. conocieron, bajo el gobierno de los archiduques, una etapa de tranquilidad política y de plenitud cultural en el barroco flamenco. Su política exterior estuvo limitada por su condición de estado dependiente de España. Su principal puerto comercial, Amberes, se vio eclipsado frente a Amsterdam por el cierre del río Escalda, pero estas desventajas se vieron compensadas por el alejamiento de la guerra de sus fronteras. Portugal, por el contrario, fue el gran perjudicado de la Tregua, ya que la expansión colonial holandesa se produjo a expensas de sus dominios y áreas de influencia. Los problemas para la renovación de la Tregua (1621) estuvieron determinados por los cambios producidos en el contexto internacional, el carácter belicista de los nuevos equipos de gobierno en España y Holanda, y la evidencia de que las Provincias Unidas habían sido las grandes beneficiadas por la Tregua. España no estaba dispuesta a renovar lo pactado en 1609, y planteó a Holanda la elección entre la guerra o unas nuevas condiciones. En marzo de 1621, Petrus Peckius, delegado del archiduque Alberto, se desplazó a La Haya (Países Bajos) para sondear en los dirigentes holandeses la posible aceptación de unas nuevas condiciones que incluirían la libertad de culto para la minoría católica en las Provincias Unidas, la apertura del río Escalda a la navegación (condición fundamental para la economía de Amberes) y la renuncia de Holanda a su expansión en las áreas coloniales. El Gobierno de las Provincias Unidas ?dominado por el partido belicista tras la ejecución del moderado Gran Pensionario Olden Barnewelt (13-V-1616) por orden del estatúder Mauricio Nassauoptó por la solución bélica, ya que su economía no podía renunciar a la penetración transatlántica, y los nuevos gobernantes, como Nassau o su sucesor Federico Enrique (1625-1647), veían en la guerra un refuerzo a su poder personal. La euforia belicista dominante en España durante los primeros años del reinado de Felipe IV (1621-1665), incrementada por los éxitos militares de los Habsburgo en la primera etapa de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), no ayudó a alcanzar un nuevo acuerdo. El nuevo equipo español, dirigido por el conde-duque de Olivares asumía de nuevo el papel protector del catolicismo en Europa, viendo en las Provincias unos vasallos rebeldes y heréticos que ponían en entredicho los dos pilares de la política reformista: ?reputación? (prestigio internacional) y regeneración económica. La segunda guerra hispanoholandesa (1621-1648) se desarrolló en una doble dimensión, militar y económica. Spínola tomó Jülich (1622), pero sufrió un fuerte desgaste al sitiar la plaza de Bergen-oo-Zoom (Países Bajos), compensado por la posterior toma de Breda (Países Bajos) durante la campaña de 1624-1625. El coste que significaba para la hacienda española esta guerra de asedios hizo replantear la acción militar hacia la potenciación de la guerra naval y económica. Desde la reanudación de las hostilidades en 1621 la monarquía hispánica sometió a Holanda a un embargo comercial en todos sus dominios, con la intención de quebrantar la economía de las Provincias Unidas, fuertemente dependiente del comercio con España. La Tregua de los Doce Años significó en definitiva, el aplazamiento de un conflicto inevitable tanto por razones económicas como político-religiosas y encontró, en la Europa de las guerras religiosas del s. XVII, un contexto hostil a su renovación.

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