Simbolismo

Introducción

El movimiento simbolista es uno de los más conceptualmente ricos, pero, al mismo tiempo, uno de los más difíciles de acotar del arte contemporáneo. De marcado acento literario, tuvo una gran influencia en las artes plásticas, como se deriva del lema formulado por el poeta J. Moréas en el Manifiesto simbolista (1886): “revestir la Idea con formas sensibles y perceptibles”. Se trataba, en definitiva, de un movimiento caracterizado por la primacía de la experiencia intuitiva sobre la realidad objetiva: lo importante no era ya lo que se veía, ni siquiera cómo se veía, sino la manera de sentirlo e interpretarlo. Por su carácter evocador el simbolismo se inscribió dentro de la tradición posromántica y se situó al margen de las corrientes académicas, aunque ello no impidió que sus artífices recibiesen encargos oficiales, en especial de carácter decorativo. Se opuso frontalmente al materialismo capitalista, así como al espíritu positivista y científico del naturalismo y del impresionismo -con su apego a la “vulgar realidad, este listón colocado demasiado bajo”- según expresión de Odilon Redon, el cual, junto a Puvis de Chavan-nes y Gustave Moreau, definió la pintura simbolista. El simbolismo debe entenderse más como un movimiento de apertura de una vía, casi vedada hasta entonces, que desvelaba las posibilidades expresivas de la metafísica, la psicología o la teosofía, corriente tan en boga en aquel momento. En España, el simbolismo no puede definirse desde la unidad de estilo y, en ocasiones, hay que describirlo -inserto casi siempre dentro de la plástica modernista- como una de las corrientes de ruptura con el academicismo, con múltiples y variadas propuestas que le otorgan un carácter ecléctico.

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