Contrarreforma

Introducción

Concepto arbitrado para expresar realidades complejas relativas a la historia religiosa, política e ideológica consiguiente a la ruptura de la cristiandad medieval por la Reforma protestante. Este concepto ha estado teñido de connotaciones polémicas. Apareció en Alemania en el s. XVIII, fue consagrado por la autoridad del historiador Leopold Von Ranke (1795-1886) en el XIX y aceptado por la historiografía protestante como personificación del talante de la “reforma” de la Iglesia católica, movida exclusivamente por la reacción contra la luterana y calvinista y apoyada por el poder político y por la violencia de las armas. Los historiadores católicos, también desde el s. XIX, rechazaron la denominación de Contrarreforma por creerla parcial, negativa y ocultadora de corrientes anteriores y posteriores a Lutero más autónomas, desvinculadas de la reacción antiprotestante y sin violencia ni conexiones directas con los poderes políticos. Actualmente, en análisis más objetivos y menos apasionados, y salvo excepciones, unos y otros prefieren aplicar el término de reforma para expresar intentos y realidades de renovación aunque sin excluir la presencia posterior de elementos contrarreformistas, de reacción y poder, más perceptibles a partir del Concilio de Trento. Como fase histórica, que afecta a la cristiandad medieval y a sus colonias, la Contrarreforma suele identificarse con el periodo que arranca del fracaso de la política imperialreligiosa de Carlos I en la Paz de Augsburgo (1555) y desde el Concilio de Trento; en su sentido estricto acaba con la Paz de Westfalia (1648) consiguiente a la Guerra de los Treinta Años. Como todas las periodizaciones, estas fechas son sólo indicadoras. De hecho, si el tiempo de la Contrarreforma se cierra, algo convencionalmente, con el fin del largo conflicto bélico, la mentalidad contrarreformista resurgió y se prolongó hasta mucho más tarde; en buena parte de la Iglesia católica ha durado hasta el Concilio Vaticano II (1962-1965). Pese a todo, la Contrarreforma propiamente dicha coincide cronológica e ideológicamente con los estados confesionales, con los absolutismos prototípicos, con las reconquistas católicas y con las intolerancias religiosas, rasgos peculiares de los ss. XVI y XVII. El Concilio de Trento fue punto de partida, estímulo y referencia de la Contrarreforma. A pesar de sus tardanzas, recelos e interrupciones, satisfizo la demanda de claridades dogmáticas, definidas, las más, con nitidez y con formas y contenidos antiprotestantes. En las veinticinco sesiones de sus tres periodos discontinuos (13-XII-1545–11-III-1547, 1-V-1551–28-IV-1558 y 18-I-1562–4-XII-1563) reconoció a la Sagrada Escritura, con el canon de sus libros inspirados, como fuente de revelación y de fe pero junto con la tradición, rechazada ésta por la Reforma. La doctrina del pecado original, de la gracia, de los méritos y de la justificación responde a una antropología más humanista que la del luteranismo anatomizado. Los sacramentos se fijaron en siete (los protestantes sólo admitían como tales el bautismo y la eucaristía), y las modalidades de la misa se convirtieron en referencias permanentes de confrontación, más presente aún en expresiones religiosas derivadas de la doctrina sobre las mediaciones, el culto a los santos, el purgatorio, los sufragios y las indulgencias. La otra vertiente, la de la reforma disciplinar, temida por la Curia de Roma, no fue afrontada sistemáticamente, pero logró al menos sensibilizar hacia la necesidad de un clero secular inferior más digno y mejor formado en seminarios. La reforma se aplicó a todas las órdenes religiosas. A los obispos se les exigió el cuidado pastoral, pero las presiones curiales impidieron ir más allá ante el peligro siempre temido del episcopalismo y el conciliarismo. Doctrina y disciplina crearon una mentalidad tridentina duradera y profunda, visible en la religiosidad colectiva: en el protagonismo eclesial del clero; en la prestancia de las órdenes religiosas y en la imposición de su estilo de vida como ideal, mientras en el estado laical era considerado como de segunda fila; en procesiones, rogativas, veneración de santos, hambre de reliquias, acumulación de indulgencias, en la liturgia latina, en la función del arte figurativo como catequesis, en el alejamiento de la Biblia y de la lectura, etc. Trento, por tanto, prestó los argumentos suficientes para que los diversos sectores del catolicismo pensaran y reaccionaran en sentido contrarreformista.

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