Concilios ecuménicos

De los orígenes a la Contrarreforma

La participación española en los concilios ecuménicos ha sido muy variada, según las épocas. En los ocho primeros concilios se redujo a la intervención de Osio en el de Nicea (325, I Concilio Ecuménico), aunque las decisiones dogmáticas y disciplinares alcanzadas en ellos fueron de gran importancia para la Iglesia hispana. En el noveno, la concurrencia española no ha sido constatada documentalmente, pero en el resto fue muy activa, destacando de forma especial el Concilio de Trento al haber sido promovido por los reyes Carlos I y Felipe II. En el Concilio de Nicea el único obispo español presente fue Osio de Cordoba, quien ejerció las funciones de presidente de la asamblea y que probablemente ocupó el puesto de legado del papa Silvestre I. Osio destacó por su lucha contra el arrianismo y su mediación hizo que algunas resoluciones tomadas en el Concilio de Elvira aparecieran reflejadas en alguno de los cánones disciplinares de Nicea, los cuales constituyeron el fundamento utilizado por el I Concilio de Toledo (h. 400) para unificar la disciplina eclesiástica en la Península. La definición dogmatica de Nicea y las contiendas doctrinales subsiguientes tuvieron escasa incidencia en la Iglesia española durante el s. IV, pero cobraron especial relevancia a raíz de las invasiones bárbaras, pues fueron la condición exigida por el III Concilio de Toledo (h. 589) para alcanzar la unidad religiosa. El celebrado en Constantinopla (381) adquirió el rango canónico de ecuménico durante el de Calcedonia (h. 451), aunque históricamente no era considerado como tal. Se desconoce si, al igual que ocurrió en Oriente, fue aceptado en la Península desde sus inicios, pero se sabe que la liturgia hispana (III Concilio de Toledo, h. 589) fue la primera de las occidentales que introdujo el canto de su símbolo –costumbre que pudo llegar a través de San Leandro, arzobispo de Sevilla, o de Juan de Biclara– con el fin de afianzar la fe de los visigodos convertidos al arrianismo. La liturgia hispana también fue pionera en anadir la expresion Filioque (“[...] y del Hijo [...]”) al simbolo constantinopolitano (hecho documentado ya en el VIII Concilio de Toledo, h. 653).

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